La vuelta del debate sobre la distribución de la riqueza: “El capital en el siglo XXI” de Thomas Piketty

Piketti iii

Vuelve con fuerza el debate sobre la distribución de la riqueza. Y lo hace además en un momento en el que parecía encontrarse sepultado, a pesar de las siempre presentes voces críticas, por la apabulladora influencia del pensamiento neoliberal. Responsable de este cambio es la aparición de la obra “El capital en el siglo XXI”, del académico francés Thomas Piketty, cuya traducción al español acaba de ser publicada por la editorial Fondo de Cultura Económica.

El objeto de esta obra, que resume más de una década de trabajo de investigación del autor, es llevar a cabo una aproximación basada en evidencias empíricas a la evolución que ha experimentado a lo largo del tiempo la siempre controversial cuestión de la distribución de la riqueza, con el objeto de extraer de ella conocimientos y enseñanzas útiles para la etapa que estamos viviendo.

Como no podía ser de otro modo tratándose de una cuestión nuclear, las preguntas que a tal efecto se plantea la obra están decisivamente condicionadas por los términos del debate precedente. “Acaso –se interroga a estos efectos el autor– la dinámica de la acumulación del capital privado conduce inevitablemente a una concentración cada vez mayor de la riqueza y del poder en unas cuantas manos, como lo creyó Marx en el siglo XIX? O bien, ¿acaso las fuerzas equilibradoras del crecimiento, la competencia y el progreso técnico conducen espontáneamente a una reducción y a una armoniosa estabilización de las desigualdades en las fases avanzadas del desarrollo, como lo pensó Kutznets en el siglo XX?”

La respuesta que ofrece Piketty a partir de un monumental trabajo de recopilación y análisis es sin duda compleja. Pero se encuentra bastante más cerca de la inquietante “intuición fundamental” del primero que de la tranquilizadora visión del segundo. Esta se concreta en una sencilla ecuación de gran valor simbólico: r > g, donde r representa la tasa de rendimiento del capital y g la tasa de crecimiento o incremento anual del ingreso y de la producción. Esto significa, dicho en pocas palabras, que cuando la evolución de una economía de mercado se ve “abandonada a sí misma”, es decir sin que actúe ningún elemento de corrección, la tasa de rendimiento del capital resulta ser por lo general significativa y duramente más alta que la tasa de crecimiento del ingreso y la producción. Algo que ocurrió, por cierto, a lo largo de todo el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX y está volviendo a suceder de manera por demás manifiesta en la actualidad. Y que determina que la concentración de la riqueza y las desigualdades sociales no solamente no disminuyan sino que estén en condiciones de aumentar cada vez más.

El capitalismo produce “mecánicamente”, así, “desigualdades insostenibles, arbitrarias”, que “resultan potencialmente amenazadoras para nuestras sociedades democráticas y para los valores de justicia social en que están basadas”. Dejarlo operar sin ningún tipo de contrapeso, instrumento o herramienta redistributiva, por tanto, no parece ser una buena opción. No sólo para la supervivencia de estos últimos, sino incluso para el mantenimiento del primero.

La historia de distribución de la riqueza, sin embargo, observa Piketty, “es siempre profundamente política”, en la medida en que “depende de las representaciones que se hacen los actores económicos, políticos y sociales, de lo que es justo y de lo que no lo es, de las relaciones de fuerza entre esos actores y de las elecciones colectivas que resultan de ello”. Hay que “desconfiar”, en consecuencia, “de todo determinismo económico” y tener en cuenta que “existen medios para que la democracia y el interés general logren retomar el control del capitalismo y los intereses privados”. En realidad, “la dinámica de la distribución de la riqueza pone en juego poderosos mecanismos que empujan alternativamente en el sentido de la convergencia y de la divergencia”, no existiendo “ningún proceso natural y espontáneo que permita evitar que las tendencias desestabilizadoras y no igualitarias prevalezcan permanentemente”.

Todas estas son, como salta a la vista, conclusiones que refuerzan la legitimidad de las propuestas que apuntan a introducir equilibrios y contrapesos a la evolución salvaje del capitalismo. Entre ellas la que representa el Derecho del Trabajo y la actuación de organizaciones de defensa colectiva de intereses que éste promueve y respalda. No encerrados, naturalmente, en los espacios nacionales sino convenientemente adaptados a las características de la actual dinámica global del capitalismo.

La anterior es una constatación a la que parece apuntarse el autor, aunque de forma quizá excesivamente tímida, cuando señala que en su opinión la principal fuerza de reequilibradora está constituida por “el proceso de difusión de los conocimientos y de inversión en la capacitación y la formación de habilidades”, mientras que el “juego de la oferta y la demanda”, y en particular “la movilidad del capital y del trabajo”, afirmación dentro de la cual seguramente hay que entender enmarcado el juego de las instituciones jurídico-laborales”, están en condiciones de “operar también en ese sentido”, pero “con menor fuerza, y a menudo de manera ambigua y contradictoria”.

Es cierto que, en etapas como la actual, la capacidad del Derecho del Trabajo de actuar en clave redistributiva se ve considerablemente debilitada y puede incluso ser puesta en cuestión. No es este el único diseño posible, sin embargo. El propio hecho de que la única etapa en la que se redujeron las desigualdades en el último período histórico, es decir los años posteriores a las dos conflagraciones mundiales, coincidiesen de forma casi absoluta con las etapas de consolidación y auge del mismo, nos alerta sobre esa virtualidad redistributiva, quizá no del todo valorada en la obra que se comenta.

La pertinencia de retomar el debate jurídico y político sobre la necesidad de llevar a cabo una reconstrucción del Derecho del Trabajo en clave neogarantista en vez de neoliberal se ve, en cualquier caso, claramente reforzada por la evidencia aportada por una investigación de la envergadura de la realizada por Thomas Piketti.

Y así he querido destacarlo, con evidente vocación optimista, en esta entrada que marca el final de la dinámica de esta bitácora en 2014. Esta volverá, y además con novedades, el año próximo. Entre tanto, desde Salamanca va un abrazo fraternal para sus siempre tenaces amigos.

PD: No hay adjuntos en esta ocasión. Se recomienda consultar la propia obra.

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